SOBRE INNOVACIÓN METODOLÓGICA EN LA ESCUELA
No sé si estamos viviendo tiempos de cambio o si estos tiempos se caracterizan por el cambio en sí mismo. En cualquier caso es cierto que la escuela no está sabiendo dar respuesta a las necesidades de la sociedad con la celeridad que esta precisa. A nivel estructural es evidente: la normativa, las estructuras organizativas de los claustros, la propia arquitectura de los centros, la organización espacial de las aulas... son algunas de las cuestiones a repensar. La propia administración se muestra incapaz a dar respuesta a las demandas que urgen como muestra el déficit de plazas de formación profesional. Pero el tema que nos ocupa y, que como docentes debe preocuparnos, es la necesidad de revisar las metodologías de trabajo en el aula. Y no entro tanto en la revisión de contenidos, pues no es posible aprender sin contenidos, por mucho que las redes nos los pongan a nuestro alcance (esto es sin duda una oportunidad para acceder a ellos, pero no de prescindir de ellos). La metodología si precisa de una revisión profunda y urgente. En primer lugar, porque nuestros alumnos presentan estilos de aprendizaje que están alejados, en general, de los que presenta la escuela tradicional, pero, en cualquier caso, aunque hay parte de nuestro alumnado que sí responde positivamente a esta propuesta de docente-pizarra-tarea, la diversidad de nuestros alumnos nos obliga a diversificar también nuestra propuesta de aula. En segundo lugar, la forma de acceso al conocimiento y las herramientas para tratar la información han variado, y la escuela ha de adaptarse a esta variación. En tercer lugar los centros escolares son espacios de convivencia básicos para los alumnos, donde se debe potenciar y enriquecer un estilo de convivencia positivo: la metodología en el aula puede propiciar este enriquecimiento. Por ultimo, hemos de hacer una lectura positiva de todas las herramientas tecnológicas para encontrar en ellas cualquier posibilidad pedagógica.
En esta línea defiendo la necesidad de una revisión de nuestras metodologías en el aula y un proceso de formación, imprescindible, para el profesorado. La administración, en primer lugar, y los equipos directivos acompañados por las inspecciones, en segundo, deberían marcarse horizontes claros en este sentido y marcar líneas de cambio.
Pero quiero dejar claro que no creo en el cambio por el cambio convirtiendo nuestras aportaciones en el aula en fuegos artificiales que deslumbran y desaparecen. El cambio es necesario porque las formas de aprender están cambiando, y por que tenemos a nuestra disposición herramientas que antes no teníamos. Pero no podemos olvidar que nuestro objetivo último es que nuestros alumnos aprendan, convivan de manera saludable y adquieran la capacitación necesaria para ser futuros ciudadanos. En ocasiones nos perdemos en el esplendor de las nuevas metodologías, modulando todo, hasta los procesos de aprendizaje, a la forma de enseñar. Los cómos quedan por encima de los para qués. El proceso de reflexión ha de ser el inverso: abrirnos a las posibilidades que las nuevas metodologías nos brindan para mejorar los procesos de aprendizaje de nuestros alumnos. Por eso, también es importante seguir haciendo dictados si estos mejoran la caligrafía de nuestros alumnos; u obligar a memorizar poemas y elementos químicos si esto les aporta capacidad de lenguaje, memotécnica y agilidad en el razonamiento.
En sí misma una metodología, por muy nueva que sea, es eso, una manera de hacer las cosas. A mi entender, el docente debe formarse en estas nuevas metodologías para disponer de una batería de recursos, lo más amplia posible que le permita adaptar su tarea a los tiempos cambiantes y al alumnado diverso.
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